domingo, 17 de noviembre de 2013

El malabarista


Hace unas semanas caminaba por Zaragoza, por una de esas calles peatonales tan bien cuidadas y repletas de personas paseando. 

Por la noche el malabarista estaba en un lateral de esa calle con su cuerda, su malabar de dos conos unidos, diábolo creo que llama, que lanzaba una y otra vez al aire realizando piruetas con sus manos.
Zapatilas negras con cordones, calcetines a rayas, pantalón beige, camiseta de manga corta a pesar que hacia frío para algo más, encima un chaleco negro, barba y pelo rizado voluminoso negro. Un sombrero en el suelo junto a una radio/cd.

Había muchos niños mirándo como lanzaba el objeto altísimo y al bajar lo recogía elegantemente. Estaba muy centrado, bastante. Su cara tensa. pero no muy distinta a la de esa misma tarde. 

Antes de esa actuación lo había observado dos veces y hablado con él una más.

La primera vez subía paseando, con la tranquilidad que da una ciudad desconocida. Lo vi solo, actuando para nadie. Me llamó la atención su sonrisa. Lanzaba su compañero tan alto como podía. Y lo recogía con una limpiamente en técnica y gesto. Disfrutaba. Nadie lo miraba. La calle estaba casi vacía. Me resulto curioso. Será una excepción pensé.

La segunda vez volvía de comer. La calle aún más vacía. Seguía en el mismo lugar, haciendo lo mismo. Esta vez lo miraba una anciana, desde lejos. El diábolo subía sin perderlo de vista. Falló. Y rió mirando a la anciana mientras lo recogía del suelo. Los dos rieron. Pero siguió. Yo no me detuve porque iba con Martin que estaba mal del estómago, con esa prisa a la que te obliga lo urgente. Era la segunda vez, no era un excepción.

Son de esas cosas que te abren una vía de reflexión. Me decía que me había encantado la ilusión que ponía. El cariño con que miraba al artilugio. Pensaba que no era de cara a su público porque estaba solo. Pensaba que lo hacía porque si. Porque disfrutaba con su trabajo. Porque estaba allí por mucho más que por las monedas que le pudieran dar. Era feliz haciendo lo que hacia. Muy pocos pueden decir lo mismo y más una tarde de otoño de sábado.

Estas dos veces, solo, sin nada que recaudar, no paraba. Seguía. No sonreía como los mimos que recobran vida al recibir dinero. Era innato, natural, se sentía cómodo.

La tercera pasé por allí  y no estaba. Ya anochecía y había mucha más gente paseando. Miré arriba al final de la calle por si veía subir el diábolo. No lo vi tampoco.

Seguí caminando, un poco triste por no haber podido agradecerle ,de la manera que se agradece a los artistas de calle, la lección que me había dado.  Los artistas necesitan público para que su show tenga sentido. En este caso aunque nadie lo miraba disfrutaba con lo que hacía, se entregaba al máximo. No pensaba en los resultados. Me quedé con eso.

Seguí caminando y lo vi. En otro lateral bebiendo agua entre los paseantes. Descansaba. Me acerqué y le hablé poniendo mi mano en su hombro:
-"Te he visto antes 2 veces y me ha encantado como lo hacías".

Puso cara de sorpresa y luego sonrió 
- Muchas gracias tío. 

Contestó con la misma sonrisa de la tarde y volvió a la cara de sorpresa. Creo que entendió que lo entendía.
Metí la mato en mi bolsillo y saque las monedas, unas pocas, que llevaba. Le dí todo lo que llevaba en ese momento...exactamente, exactamente lo mismo que dió él durante toda la tarde a todos los que pasaban.






domingo, 10 de noviembre de 2013

La inteligencia dos formas de verla (Parte II)

Hay gente brillante, como Gauss, personas que por talento natural tienen una lucidez y velocidad mental que los hace especiales. Éste ni es el caso del 99% de los mortales, ni tenemos capacidad de influir para adquirirlo.

El resto estamos en una franja de "normalidad intelectual". Ahora, lo que hagamos con nuestras habilidades intelectuales si es cosa nuestra.

He conocido a mucha gente que tenía una capacidad intelectual más alta que la medía y no la han exprimido. Y al contrarío. Y no hablo de resultados, otro día hablaremos de la "suerte y el talento". Hablo de como evoluciona tu intelecto con los años, de como "maduramos intelectualmente" y amplificamos o menguamos nuestras capacidades. En definitiva de como nos CULTIVAMOS y damos fruto, aunque ese fruto se quede en el árbol (insisto retomaremos el asunto)


Hay tres factores decisivos en los resultados que pueden explicar este hecho.

1. Lo que te creas
2. Tus puntos fuertes
3. Tus metas


1. Lo que te creas
Si te crees que eres listo o no lo eres no es problema. Mucha gente dice que cuando te crees algo empiezas a dejar de serlo. Eso es radicalmente erróneo.
Si un montañero no se creyera capaz de subir el Everest no empezaría a subirlo. Uno lo que tiene que ser es coherente con lo que es. Y tomarlo como punto de partida.
Ni te duermas ni te sientas derrotad@ si te crees más o menos "list@".

2. Tus puntos fuertes
El ser inteligente no es un concepto bien tratado en el pasado. Actualmente está más que explicado que cada cual tiene unas habilidades donde se muestra más solvente que en otras. Hay quien canta o pilota o cocina o pinta o baila o que se yo mejor que los demás...hay mil formas distintas de materializar la inteligencia. ¿sabes ya cual es la tuya? Y no me digas que ninguna porque eso es imposible. ¿Que se te da mejor?

3. Tus metas
¿Que quieres llegar a ser? ¿Qué estás dispuesto a hacer para ello? Te lo has planteado ¿Es realista eso que pretendes? Si sabes lo que eres, si te lo crees y conoces tus puntos fuertes, te será más fácil marcarte un camino que sea real.

La inteligencia es sólo una semilla. Igual que las plantas, las hay de millones de tipos. Cada una brotará de forma distinta, colores, alturas distintas, épocas diferentes...pero hay una cosa en común a todas, innegociable: el agua. Debes regarla, para que crezca, sin agua no crece, no vive y muere. Tienes que regarla, el agua es el esfuerzo, el agua es el trabajo. Y por desgracia sólo tu puedes regar tu planta, nadie la va a regar por ti.




domingo, 20 de octubre de 2013

La inteligencia: dos formas de verla (parte I)



Inteligencia tipo I
El profesor, ante un grupo de niños de alrededor de 10 años de edad, estaba molesto por algún mal comportamiento del grupo y les puso un problema que según él les tomaría un buen rato terminar.

Y el profesor dijo que mientras fueran acabando pusieran las pizarras en su escritorio para que luego las revisara. El problema consistía en sumar los primeros cien números enteros, es decir, encontrar la suma de todos los números del 1 al 100. A los pocos segundos de haber planteado el problema se levantó un niño y depositó su pizarra sobre el escritorio del maestro. Éste, convencido de que aquel niño no quería trabajar, ni se molestó en ver el resultado; prefirió esperar a que todos terminaran.

Un poco más de media hora después comenzaron a levantarse los demás niños para dejar su pizarra, hasta que finalmente todo el grupo terminó. Para sorpresa del profesor, de todos los resultados el único correcto era el del primer muchacho, mando a llamar al chico y le preguntó si estaba seguro de su resultado y cómo lo había encontrado tan rápido; el niño respondió:

"Mire maestro, antes de empezar a sumar mecánicamente los 100 primeros números me di cuenta que si sumaba el primero y el último obtenía 101; al sumar el segundo y el penúltimo también se obtiene 101, al igual de sumar el tercero con el antepenúltimo, y así sucesivamente hasta llegar a los números centrales que son 50 y 51, que también suman 101. Entonces lo que hice fue multiplicar 101 x 50 para obtener mi resultado de 5.050."
suma_gauss.jpg
De esta manera aparentemente simple, Gauss había encontrado la propiedad de la simetría de las progresiones aritméticas, derivando la fórmula de la suma para una progresión aritmética arbitraria - fórmula que, Gauss descubrió por sí mismo.

Inteligencia Tipo II
No recuerdo ni el nombre si los datos, sólo recuerdo el hecho, que relato como lo retuve.En una entrevista a una galardonada con el premio Nobel de Química le preguntaron:
- ¿Cuál fue la clave para que ganaran ustedes el premio?
- Mire, la clave, sin duda ,estuvo en que no éramos los más inteligentes del grupo.
- Disculpe no la comprendo. ¡Acaba de ganar el Nobel!
- Es cierto pero ninguno de los que formamos el equipo éramos brillantes. Le cuento:

Una de la compañeras del grupo de investigación es de las científicas más inteligentes que conozco. Ella decidió trabajar en solitario. Y nosotros decimos unirnos ya que solos sabíamos que no haríamos nada relevante. Comenzamos a trabajar y nos compenetramos personal y profesionalmente muy bien. Fuimos creciendo, enriquecíendonos mutuamente y poco a poco fuimos abriendo puertas. Con las experiencias profesionales y vitales de cada uno, aprendiendo unos de otros, casi sin querer llegamos al finalizar la investigación y obtener los resultados que los demás no tuvieron trabajando en solitario...aunque eran objetivamente más inteligentes que nosotros.